Decadencia y posible regeneración de la banca privada

Artículo publicado El Confidencial (12 de noviembre 2025)

La banca privada se basa en la confianza. El banquero privado era esa persona en la que las grandes fortunas podían confiar plenamente la gestión de su patrimonio. Desgraciadamente, las cosas han cambiado mucho desde que, de forma casual, Mayer Amshel Rothschild inventara lo que hoy conocemos como banca privada.

Mayer Rothschild, el primero de la saga, no era banquero, era numismático. Para un judío centro europeo de la época, comprar y vender monedas antiguas para nobles y aristócratas era una de las pocas formas con las que le estaba permitido ganarse la vida.

Un día, uno de sus más importantes clientes, el príncipe Guillermo de Hesse, tuvo que salir «de naja» para evitar ser apresado por Napoleón, que no solo quería encarcelarlo, sino, sobre todo, su inmensa fortuna.

Antes de huir a Dinamarca, Guillermo de Hesse tuvo que tomar una decisión muy difícil: a quien dejar la protección y gestión de su fortuna. Y no era tarea fácil, porque lo que hoy conocemos como patrimonio financiero era por aquel entonces oro, monedas, joyas y objetos de arte. No se podía transferir pulsando una tecla o llevárselo en un pendrive. Y es muy complicado huir rápido – y de incógnito – con varios carruajes llenos de riquezas.

Así que decidió confiar su fortuna al humilde numismático. Fue la mejor decisión de su vida, puesto que el joven Rothschild, en lugar de quedarse todo el dinero y desaparecer, lo escondió en el gueto, dividiéndolo entre decenas de familias e impidiendo así que los soldados franceses localizaran el tesoro. Cuando despejó, empezó a invertirlo como si fuera suyo y, al volver Guillermo no solo recuperó su fortuna, sino que la encontró multiplicada por varios dígitos.

Rothschild no sólo fue honesto y digno de confianza: fue muy inteligente, ya que el príncipe recomendó sus servicios de banca privada a todos sus familiares de las distintas monarquías europeas, que eran «los ricos» de entonces. Y no solo depositaron su dinero y su confianza, también se convirtió en su banquero de negocios, organizando los primeros préstamos soberanos que necesitaban para sus interminables guerras. Eso fue todavía más rentable.

¿Qué ha sido de aquella banca privada? Ahora, el activo no es la confianza, el activo es el propio cliente, al que se le pueden colocar todo tipo de productos financieros obteniendo una comisión para el banco. La prioridad ya no es el cliente, la prioridad es la comisión, sea de un producto propio o por colocar un producto de terceros.

¿Qué los fondos de inversión tradicionales «dejan» poca comisión? Pues se colocan fondos de «private equity» (capital privado), cuya comisión es cinco veces más alta y son totalmente ilíquidos, lo que obliga al cliente a quedarse en ellos durante cinco o siete años. Da igual que un simple fondo indexado al SP 500, al Ibex o al Eurostoxx 50 esté generando una rentabilidad superior, porque deja poca comisión.

¿Que el cliente podría tener acceso a clases limpias en fondos de inversión (las participaciones más baratas)? Pues solo se le dan si las pide. A veces solo se amenaza con irse a otra entidad. Y solo si contrata el servicio de gestión discrecional de carteras del banco o la sociedad de valores (por el que paga otra comisión).

Y la situación va a peor, ya que la competencia entre entidades por conseguir clientes «ricos» hace que se paguen bonus de bienvenida muy altos que al final pagan los clientes generando comisiones.

Todo lo anterior es una verdad incómoda, pero no por eso es menos cierta. Y lo sabe todo el mundo en el sector. Por eso muchas grandes fortunas tienen un «Family Office«, para, entre otras cosas, proteger los intereses del cliente frente al modelo basado en la pura venta de las entidades con las que trabajan. Cuando los banqueros privados lo eran realmente, no eran necesarios Family Office. Por eso no existían.

¿Por dónde puede venir la regeneración? Pues desde dentro, como siempre. De los propios banqueros privados. Es lo que ha ocurrido en Suiza. Muchos piensan como pensó Rothschild en su día y se han concentrado en boutiques de asesoramiento realmente independiente, certificado como tal, libres de conflicto de interés, totalmente centrados en el servicio al cliente y en la obtención de la máxima rentabilidad para el mismo. Y está funcionando: el volumen asesorado y/o gestionado en Suiza por estas entidades se sitúa en 550.000 millones de euros, un 15 % del total gestionado/asesorado en el país. Irónicamente, los servicios que más se parecen ahora a la banca privada original no los ofrecen bancos, sino asesores financieros independientes que utilizan a los bancos solo como plataformas operativas.

Y en el Reino Unido, también con gran tradición de banca privada, los asesores independientes gestionan o asesoran el 60% del total de la gestión de patrimonios en el RU. Y podíamos hablar también de Holanda, Suecia y casi todos los países financieramente avanzados del mundo.

¿Queremos banca privada? Exijámosla. Porque lo peor no son las comisiones, lo peor es que esa falta de independencia afecta a la rentabilidad. Por ejemplo, los productos que dejan mayor comisión suelen ser los de mayor riesgo, por lo que, ante situaciones complicadas de mercado, el cliente se queda sorprendido de que no se tome ninguna precaución. Y cuando el mercado sube, el cliente observa que hay activos punteros que no están en su cartera, simplemente porque no están en la oferta comisionada que tienen sus banqueros privados. O peor todavía: no están en la «Focus List» de productos que dejan la mayor comisión a la entidad financiera. Al final, la solución está en manos del consumidor, que es el que tiene el poder. Y más si tiene un importante patrimonio.

Artículo escrito por Víctor Alvargonzález para El Confidencial