Invertir en energías renovables

En 2025, el mundo invertirá unos 3,3 billones de dólares en energía, una cifra récord. De ellos, cerca de 2,2 billones irán a tecnologías limpias y solo 1,1 billones a petróleo, gas y carbón: el doble de capital hacia lo limpio que hacia lo fósil. La energía solar, por sí sola, se ha convertido en la mayor partida de inversión del planeta, por delante incluso de la producción de petróleo.

Ese giro explica por qué «invertir en energías renovables» se ha colado en las búsquedas de tanto ahorrador. La promesa es atractiva: poner el dinero donde parece dirigirse el futuro de la economía. La realidad, como casi siempre, tiene más matices. Antes de hablar de fondos y ETFs conviene aclarar qué es exactamente una energía renovable, qué vehículos existen para invertir en ella y qué riesgos esconde una temática que ha dado alegrías y disgustos a partes iguales. Eso es lo que cubre este artículo.

Qué es una energía renovable

Una energía renovable es la que procede de una fuente que se repone de forma natural a escala humana y no se agota con el uso. El sol seguirá brillando, el viento soplando y los ríos corriendo al margen de cuánta energía extraigamos de ellos, a diferencia del petróleo o el carbón, que son reservas finitas destinadas a agotarse.

Bajo ese paraguas caben varias tecnologías. Las más conocidas son la solar (fotovoltaica y térmica) y la eólica (terrestre y marina), que son además las que más crecen. A su lado están la hidráulica, la más veterana y todavía la mayor fuente renovable de electricidad del mundo; la geotérmica, que aprovecha el calor del subsuelo; la biomasa, que genera energía a partir de materia orgánica; y las energías marinas (mareomotriz y undimotriz), aún incipientes.

Aquí conviene un matiz que más adelante tiene consecuencias para el inversor: «renovable» y «limpia» no son sinónimos exactos. La energía nuclear apenas emite CO₂ y por eso se considera baja en carbono, pero no es renovable, ya que depende del uranio, un recurso finito. Y a la inversa, una renovable como la biomasa sí emite gases al quemarse. Por eso muchos productos financieros usan etiquetas más amplias, como «energía limpia» o «transición energética», que pueden incluir la nuclear, las redes eléctricas, el almacenamiento o incluso el coche eléctrico.

Esa distinción importa porque, al comprar un fondo «de energías renovables», lo primero que conviene mirar es qué entiende ese fondo por renovable. Dos productos con nombres casi idénticos pueden esconder carteras muy distintas. Lo vemos en los siguientes bloques.

Por qué ha aumentado la inversión en energías renovables 

Detrás del interés inversor por las renovables hay algo más que conciencia ecológica. Empujan varias fuerzas de fondo, y conviene conocerlas para entender de qué va realmente esta temática.

Está, para empezar, la demanda de electricidad. El mundo se electrifica: coches, calefacción, industria y, sobre todo, los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial consumen cada vez más corriente. La IEA habla ya de una «era de la electricidad», y esa electricidad adicional tiene que salir de algún sitio. Las renovables son hoy la vía más rápida y barata de añadir nueva capacidad de generación.

A la demanda se suma el coste. En la última década, el precio de la solar y la eólica se ha desplomado hasta convertirlas en las fuentes más baratas de electricidad nueva en buena parte del mundo. Lo que empezó como una opción subvencionada se sostiene cada vez más por pura economía.

Pesa también el factor regulatorio. La Unión Europea se ha fijado un objetivo vinculante: que las renovables supongan al menos el 42,5 % del consumo energético en 2030, con la aspiración de alcanzar el 45 %. Para calibrar la distancia, en 2024 rondaban el 25 % del consumo final de energía, si bien ya cubrían más del 45 % de la demanda eléctrica. Tras la crisis energética de 2022, la seguridad de suministro se ha sumado al clima como razón para acelerar: producir energía en casa reduce la dependencia del exterior.

Y por encima de todo, el dinero ya se mueve en esa dirección, como veíamos en la introducción: dos tercios de la inversión energética mundial van hoy a tecnologías limpias, con la solar a la cabeza.

Hasta aquí, el viento a favor. Conviene quedarse, eso sí, con una distinción que retomaremos al final: una temática puede tener un futuro estructural sólido y, a la vez, ofrecer un camino bursátil lleno de baches. Que la electricidad limpia vaya a más no garantiza que cualquier fondo del sector suba en línea recta. Esa es la parte de los riesgos; antes toca ver cómo se invierte en todo esto.

Cómo invertir en energías renovables: fondos, ETFs y acciones

A diferencia de lo que ocurría con las tierras raras, aquí el inversor tiene un menú amplio. Las renovables se pueden comprar de varias formas, y cada una implica un grado distinto de concentración, coste y trabajo de seguimiento.

Acciones de empresas cotizadas

Es la vía más directa y la que más exige. El sector cubre toda una cadena: desde las grandes eléctricas y promotoras de proyectos (Iberdrola, NextEra, Enel, Ørsted, Acciona Energía o Solaria) hasta los fabricantes de equipos (Vestas en aerogeneradores, First Solar o Enphase en componentes solares). Comprar acciones sueltas permite elegir, pero concentra el riesgo en unos pocos nombres y obliga a entender cada negocio: una promotora de parques eólicos y un fabricante de paneles se parecen poco, aunque ambos vivan de la transición energética.

ETFs (fondos cotizados indexados)

Un ETF agrupa decenas de estas empresas en un solo producto que replica un índice del sector. Es la vía más sencilla y económica de tener exposición diversificada sin apostar por una compañía concreta, y se compra y vende en bolsa como una acción. El detalle decisivo, igual que en cualquier temático, es qué índice sigue y qué entiende por «energía limpia».

Fondos de inversión de gestión activa

Aquí un gestor selecciona las empresas que considera mejor posicionadas, en vez de limitarse a copiar un índice. Ofrecen la posibilidad de afinar más la cartera y de reaccionar cuando el sector cambia, a cambio de comisiones más altas y de depender del acierto de ese gestor. En España, además, son fáciles de contratar y de traspasar, con la ventaja fiscal del traspaso entre fondos.

Y, como sucedía con otras temáticas, existe una exposición indirecta que conviene tener presente: muchas eléctricas tradicionales y fondos globales de renta variable ya llevan renovables dentro. Quien tiene Iberdrola en cartera, o un indexado mundial, ya participa en parte de esta historia sin haber comprado nada «verde» de forma explícita.

La pregunta natural, viniendo del mundo de los fondos, es cuál de estas vías encaja mejor: ¿un fondo de gestión activa o un ETF indexado? Los comparamos en el siguiente bloque.

Fondos de inversión vs ETFs de energías renovables

Aquí está la pregunta que da título a media búsqueda sobre el tema: ¿fondo o ETF? No hay un ganador universal. Son dos envoltorios para una idea parecida, y cada uno gana en unos aspectos y pierde en otros. Repasemos los que más pesan.

Gestión. Un ETF de renovables replica un índice: compra las empresas que lo forman, sin más criterio. Un fondo de gestión activa pone a un equipo a seleccionar valores y a ajustar la cartera. El ETF te da el comportamiento del sector; el fondo aspira a mejorarlo, aunque también puede quedarse por detrás.

Costes. Es la ventaja más clara del ETF. Un fondo cotizado del sector suele moverse en comisiones totales (TER) en torno al 0,5 %-0,65 % anual, mientras que un fondo activo temático ronda con frecuencia el 1,5 %-2 %. Esa diferencia, aplicada año tras año, se come una parte notable de la rentabilidad a largo plazo. Lo desarrollamos en Qué comisiones se pagan al invertir.

Rentabilidad frente al índice. Conviene tener presente un dato incómodo para la gestión activa: estudios como los informes SPIVA de S&P muestran que, a largo plazo, la mayoría de fondos activos no logra batir a su índice de referencia una vez descontadas las comisiones. En sectores nicho como las renovables la dispersión es mayor, y hay gestores que aciertan, pero la media juega en contra del fondo caro.

Fiscalidad en España. Aquí el fondo tradicional tiene una ventaja de peso. Los traspasos entre fondos de inversión no tributan: se puede mover el dinero de un fondo a otro sin pasar por Hacienda, y el impuesto se difiere hasta el reembolso final. Los ETFs, desde 2022, tributan como acciones: cada venta es un hecho fiscalmente relevante, sin diferimiento por traspaso. Para quien piensa rotar entre productos a lo largo de los años, esa diferencia puede pesar tanto como las comisiones.

Operativa. El ETF se compra y se vende en bolsa en tiempo real, como una acción, con su precio cambiando durante la sesión. El fondo se suscribe y se reembolsa una vez al día, a su valor liquidativo. Para el inversor a largo plazo es un matiz menor; para quien quiere entrar y salir con agilidad, no tanto.

Puestos a resumir: el ETF gana en coste y en sencillez; el fondo, en España, gana en flexibilidad fiscal y mantiene abierta la puerta a una gestión que intente afinar. Cuál encaja mejor depende menos del producto que del inversor: de cuánto vaya a mover la cartera, de su horizonte, de su sensibilidad a las comisiones y de su situación fiscal. La pregunta útil va más allá del «¿fondo o ETF?»: es «¿qué hago yo con esto, y por qué?».

Qué fondos y ETFs de energías renovables hay en el mercado

Conviene verlo con nombres concretos, separando los dos mundos del bloque anterior. La lista que sigue es ilustrativa, no una recomendación: sirve para hacerse una idea de la oferta y de lo distintos que pueden ser productos con etiquetas casi idénticas.

ETFs UCITS (indexados). El más veterano y grande de Europa es el iShares Global Clean Energy Transition UCITS ETF (INRG), que sigue el índice S&P Global Clean Energy Transition con una comisión del 0,65 %. Su propia historia es aleccionadora: nació replicando un índice de apenas 30 empresas, se hinchó durante la euforia de 2020 y 2021 hasta rozar los 6.000 millones de dólares y, tras la corrección posterior, ha visto caer tanto su valor como su patrimonio. En 2021 se reformó el índice para ampliarlo y reducir su concentración. A su lado conviven alternativas como el L&G Clean Energy UCITS ETF (TER 0,49 %), el Invesco Global Clean Energy UCITS ETF (0,60 %) o el First Trust Nasdaq Clean Edge Green Energy UCITS ETF (0,60 %, con sesgo a Estados Unidos). Para quien busca algo más estrecho, existen también ETFs centrados solo en la energía solar.

El detalle decisivo es que cada uno sigue un índice distinto, con criterios y geografías propios. Dos ETFs «de energía limpia» pueden compartir apenas una parte de su cartera. Mirar qué lleva cada uno dentro vale más que fijarse solo en el nombre o en la comisión.

Fondos de gestión activa. En España son fáciles de contratar a través de bancos y plataformas. Entre los más conocidos del sector están el Pictet Clean Energy Transition, el BlackRock Sustainable Energy (BGF), el Nordea 1 Global Climate & Environment, el Robeco Smart Energy o el Schroder Global Energy Transition. Algunos se ciñen a la energía; otros, como los de clima o medio ambiente, abren el foco a un universo más amplio de empresas ligadas a la sostenibilidad. Sus comisiones son más altas que las de un ETF, y su resultado depende del criterio del equipo gestor.

Tanto en un mundo como en otro, la conclusión práctica es la misma: el nombre del producto dice poco. Antes de quedarse con uno conviene abrir la ficha y comprobar qué índice replica o qué mandato sigue, qué empresas pesan más y en qué países invierte. Es el paso que separa elegir con criterio de comprar una etiqueta. Y, como toda temática concentrada, esta tiene sus propios riesgos. Es lo último que vemos.

Riesgos de invertir en energías renovables

La temática tiene viento de cola, ya lo hemos visto. Conviene mirar también la letra pequeña, porque el sector ha demostrado ser de los más volátiles de la bolsa. Estos son los puntos que merece la pena tener sobre la mesa.

Sensibilidad a los tipos de interés. Construir un parque eólico o una planta solar exige mucho capital por adelantado, casi siempre con deuda. Cuando los tipos de interés suben, financiar esos proyectos se encarece y las cuentas salen peor, lo que castiga a las cotizaciones. La subida de tipos de 2022 y 2023 fue uno de los motivos del desplome del sector. Es una temática especialmente atada al precio del dinero.

Dependencia de la política. Buena parte de la rentabilidad de estas empresas depende de subvenciones, primas y marcos regulatorios, y la política puede cambiar de signo. El ejemplo más reciente lo dio Estados Unidos en 2025: la nueva administración aprobó una ley que acelera la retirada de los incentivos fiscales a la energía limpia que había establecido la anterior, junto con una orden ejecutiva para frenar el apoyo a la eólica y la solar. Lo que un gobierno impulsa, otro lo recorta, y las cotizaciones lo notan.

Volatilidad y resaca. Estos productos vivieron una euforia en 2020 y 2021 y una larga travesía del desierto después. El ETF de referencia del sector llegó a perder buena parte de su valor desde máximos. Un crecimiento estructural a largo plazo no garantiza un viaje cómodo: puede haber años malos seguidos aunque la historia de fondo siga intacta.

Concentración y diferencias entre productos. Son fondos sectoriales, con pocas posiciones y sesgos marcados hacia ciertos países y tecnologías. Como ya vimos, dos productos «de energía limpia» pueden tener carteras muy distintas según el índice o el mandato que sigan.

Riesgo divisa. La mayoría de estos fondos y ETFs invierten en empresas de todo el mundo y cotizan en dólares u otras monedas. Para un inversor en euros, el tipo de cambio añade una capa más de variación.

Solapamiento con lo que ya tienes. Muchas de estas compañías ya están dentro de los fondos globales de renta variable y de las grandes eléctricas. Sumar un fondo temático encima puede concentrar más de lo previsto una apuesta que ya se tenía en parte.

Cuidado con la etiqueta. «Verde», «sostenible» o «transición» significan cosas distintas según el producto. Dos fondos con nombres parecidos pueden aplicar criterios muy diferentes sobre qué empresas entran y cuáles no. La ficha y la cartera dicen más que el nombre comercial.

Ninguno de estos riesgos descalifica a las energías renovables como temática de inversión. Son los rasgos de un sector con un futuro prometedor y un presente volátil, muy dependiente de los tipos y de la política. Conocerlos permite afrontar con los ojos abiertos la decisión que de verdad importa. Que las renovables tengan futuro, que probablemente lo tengan, dice poco por sí solo sobre cuánto deberían pesar en una cartera concreta o sobre qué vehículo elegir. Esa respuesta es distinta para cada persona.

Y ahí es donde entra el trabajo de un asesor financiero independiente como Nextep. Cuánto riesgo de este tipo encaja contigo, si compensa incorporar una temática así, con qué peso y mediante qué producto, depende de tu cartera completa, tus objetivos y tu situación fiscal.

Este artículo tiene carácter exclusivamente informativo y no constituye una recomendación de inversión. La inversión en sectores temáticos como las energías renovables conlleva un riesgo elevado, incluida la posible pérdida del capital invertido. Rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras.