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Cómo vivir de rentas: qué hace falta para que una cartera pague los gastos

Cómo vivir de rentas: qué hace falta para que una cartera pague los gastos
Cómo vivir de rentas depende de que el patrimonio sea capaz de financiar los gastos durante el tiempo previsto sin perder poder adquisitivo ni agotarse antes de tiempo. Y la inflación es una de las primeras variables que condicionan ese cálculo.
Entre diciembre de 2021 y diciembre de 2025, los precios de consumo subieron en España en torno a un 15 %. Es el resultado de encadenar las tasas interanuales de diciembre publicadas por el INE: un 5,7 % en 2022, un 3,1 % en 2023, un 2,8 % en 2024 y un 2,9 % en 2025. Un hogar que gastaba 30.000 euros al año a finales de 2021 necesitaba unos 34.600 euros cuatro años después para mantener el mismo nivel de vida.
Quien vive de rentas absorbe ese ajuste por su cuenta. Si la cartera no crece al menos al ritmo de los precios, la misma retirada compra cada año menos cosas. Para mantener el poder adquisitivo hay que retirar más dinero, y la cartera tiene que reponer ese dinero antes de que el capital empiece a encoger.
Vivir de rentas significa que un patrimonio financia un gasto periódico durante un horizonte determinado sin agotarse antes de tiempo. La expresión admite dos versiones con exigencias muy distintas: conservar el capital intacto y gastar solo lo que produce, o consumirlo de forma gradual y calculada a lo largo de los años. Los alquileres de inmuebles son otra vía habitual, con una lógica y una fiscalidad propias que quedan fuera de este artículo, centrado en carteras de fondos de inversión y ETF.
La cifra que permite vivir de rentas depende menos de la rentabilidad media de la cartera que del gasto real, de los impuestos que se pagan al retirar y del orden en que llegan los años buenos y los malos.
Cuánto dinero necesito para vivir de rentas
La pregunta tiene una respuesta aritmética sencilla y unos supuestos que casi nunca se explicitan. La fórmula divide el gasto anual entre la tasa de retirada, que es el porcentaje de la cartera que se retira el primer año. Con una tasa del 4 %, un gasto de 30.000 euros equivale a un capital de 750.000 euros. Con una del 3,5 %, a unos 857.000. Con una del 3 %, a un millón. Medio punto en la tasa mueve la cifra en más de cien mil euros, y por eso cada término de la fórmula merece un examen propio.
El gasto que entra en el cálculo es el que sale de la cuenta a lo largo de un año completo. Eso incluye los desembolsos irregulares: el cambio de coche, una reforma, el seguro que se renueva o una avería que no avisa. Prorrateados por año, pueden añadir varios miles de euros a una estimación hecha solo con los recibos mensuales. Además, esa cifra se expresa en euros de hoy y tiene que crecer con los precios. Si no lo hace, el cálculo acierta el primer año y se queda corto en cada uno de los siguientes.
El segundo término son los impuestos. Para disponer de 30.000 euros netos hay que retirar algo más, porque Hacienda grava la parte de cada retirada que corresponde a ganancia. Desde 2025, tras laLey 7/2024, la base del ahorro tributa al 19 % en los primeros 6.000 euros, al 21 % hasta 50.000, al 23 % hasta 200.000, al 27 % hasta 300.000 y al 30 % a partir de ahí. Tomemos un caso sencillo, sin otras rentas y sin contar el mínimo personal: si un tercio de cada reembolso es ganancia, retirar 30.000 euros genera 10.000 de ganancia y unos 1.980 euros de impuesto. Para quedarse con 30.000 netos habría que retirar algo más de 32.100 euros. Con la misma tasa del 4 %, el capital necesario pasa de 750.000 a unos 803.000 euros. La proporción de ganancia en cada reembolso tampoco es fija, porque tiende a crecer con los años y la carga fiscal crece con ella.
El tercer término, la tasa de retirada, es el que más se repite y el que menos se examina. La cifra del 4 % procede de un artículo de William Bengen publicado en 1994 en el Journal of Financial Planning. Bengen analizó carteras de acciones del S&P 500 y bonos del Tesoro estadounidense a medio plazo, con entre un 50 % y un 75 % en renta variable, en periodos de 30 años que empezaban desde 1926. La retirada del primer año era el 4 % del valor inicial, y a partir de ahí esa cantidad se ajustaba cada año por la inflación estadounidense. En ningún caso histórico la cartera se agotó antes de 33 años. El cálculo tampoco descontaba comisiones de inversión. Años después, el propio Bengen elevó su estimación hasta el 4,5 % o el 4,7 % con carteras más diversificadas.
La regla del 4 % describe lo que habría aguantado una cartera estadounidense del pasado, medida en dólares, sin costes y durante 30 años. Trasladarla a un inversor español cambia varios de esos supuestos a la vez. La cartera se mide en euros, soporta comisiones y tributa en cada reembolso. Además, el horizonte puede ser muy distinto: quien deja de trabajar a los 50 años necesita que el dinero dure bastante más de tres décadas. El objetivo también cambia la cifra. En el estudio de Bengen el capital podía agotarse al final del periodo, y conservarlo intacto para siempre es un objetivo más exigente que requiere una tasa de retirada menor.
La cifra de capital es el resultado de encadenar el gasto, los impuestos, el horizonte y la tasa de retirada, y un cambio pequeño en cualquiera de ellos mueve la respuesta en decenas de miles de euros.
Cómo vivir de las inversiones
Una cartera solo puede llevar dinero a la cuenta corriente por tres vías: los intereses de la renta fija o de los depósitos, los dividendos que reparten las empresas y la venta o el reembolso de parte de lo invertido. Las tres acaban convertidas en euros disponibles. La diferencia está en qué parte del patrimonio se consume, cuánto se paga a Hacienda y quién decide el calendario.
Los intereses son la vía más previsible en importe. Un bono paga su cupón en fechas conocidas y un depósito anuncia su tipo de antemano. Esa previsibilidad es nominal. Un interés del 2 % con una inflación del 2,9 %, la registrada por el INE en diciembre de 2025, deja una rentabilidad real negativa antes incluso de pagar impuestos. Y los impuestos llegan sobre la totalidad del interés cobrado, que tributa como rendimiento del capital mobiliario en la base del ahorro.
Los dividendos arrastran la idea más extendida sobre vivir de las inversiones: cobrar sin tocar el capital. El mecanismo dice otra cosa. Cuando una empresa reparte un dividendo, el precio de su acción se ajusta a la baja aproximadamente en esa cantidad en la fecha ex-dividendo, que es el día a partir del cual la acción cotiza sin derecho a cobrarlo. El accionista no es más rico después del pago: una parte del valor que tenía en acciones pasa a tenerla en efectivo. Cobrar un dividendo equivale, en términos de patrimonio, a vender una pequeña parte de la inversión, con la diferencia de que es la empresa quien decide cuánto y cuándo. Esa decisión además puede cambiar, porque las compañías recortan o suspenden dividendos cuando sus beneficios caen, y eso suele coincidir con los años en que el inversor más necesita el ingreso.
La fiscalidad marca la diferencia más visible entre las vías. Dividendos e intereses tributan por su importe completo. En un reembolso solo tributa la parte que es ganancia. Retomemos el caso simplificado de la sección anterior, sin otras rentas y sin mínimo personal. Obtener 30.000 euros en dividendos o intereses supone unos 6.180 euros de impuesto: 1.140 por los primeros 6.000 euros al 19 % y 5.040 por los 24.000 restantes al 21 %. Obtener los mismos 30.000 euros reembolsando participaciones en las que un tercio es ganancia supone unos 1.980 euros. En ambos casos la entidad retiene un 19 % en el momento del pago y la cuenta definitiva se hace en la declaración de la renta, pero la base sobre la que se calcula es muy distinta.
La venta o el reembolso es la única vía en la que el inversor fija la cantidad y la fecha. Permite retirar exactamente el gasto previsto, ni más ni menos, y elegir de qué parte de la cartera sale el dinero. Su exigencia está en la disciplina. Vender cuando los precios han caído obliga a desprenderse de más participaciones para obtener la misma cantidad, un efecto que se analiza en la sección sobre rentabilidad. En los fondos de acumulación, que reinvierten internamente los dividendos e intereses de su cartera, el reembolso es la vía natural, y la tributación se difiere hasta ese momento.
El gasto se financia siempre con el rendimiento total de la cartera, es decir, la suma de lo que suben los precios y de lo que reparten los activos. La vía por la que ese dinero llega a la cuenta decide cuánto se lleva Hacienda y quién elige el momento.
Cómo vivir de rentas con fondos de inversión
Con fondos de inversión, vivir de rentas consiste en reembolsar cada cierto tiempo las participaciones necesarias para cubrir el gasto. El reembolso puede pedirse cuando hace falta o con una periodicidad fija. En cada operación, la entidad calcula qué parte del importe es ganancia, retiene el 19 % sobre esa parte y entrega el resto. La cuenta definitiva se hace en la declaración de la renta, aplicando la escala del ahorro al conjunto de ganancias del año.
La parte que es ganancia depende de qué participaciones se consideran vendidas, yla norma fiscal no deja elegir. Se aplica el criterio FIFO (del inglés first in, first out): las primeras participaciones compradas son las primeras que salen. Tomemos un fondo con 1.000 participaciones compradas a 10 euros y otras 1.000 compradas años después a 15 euros, que hoy vale 20 euros por participación. Un reembolso de 10.000 euros vende 500 participaciones del primer lote, con un coste de 5.000 euros y una ganancia de otros 5.000. La mitad del reembolso tributa, con 950 euros de retención. Si esas participaciones salieran del segundo lote, la ganancia sería de 2.500 euros y la retención de 475. Con el criterio FIFO, la carga fiscal de cada reembolso depende de la historia de compras del fondo, además de su rentabilidad.
El traspaso permite reorganizar la cartera sin que cada movimiento pase por Hacienda. Según el artículo 94 de la Ley del IRPF, cuando el dinero de un reembolso se destina directamente a suscribir otro fondo, sin llegar a estar disponible para el inversor, la ganancia no tributa en ese momento. Las nuevas participaciones conservan el valor y la fecha de adquisición de las originales, y la tributación se aplaza hasta el reembolso definitivo. El régimen se aplica a los fondos españoles y a los extranjeros registrados en la CNMV para su comercialización en España. Desde 2022 quedan excluidos todos los ETF, coticen donde coticen. Las participaciones adquiridas antes de esa fecha conservan el diferimiento, con la condición de que la reinversión se haga en instituciones de inversión colectiva que no sean cotizadas.
Para quien vive de rentas, esa diferencia es operativa. Después de un buen año en renta variable, la cartera puede volver a sus proporciones de partida mediante traspasos, sin generar impuestos por el ajuste. También puede mover periódicamente dinero hacia un fondo de menor volatilidad del que salen los reembolsos. En ambos casos, solo tributa el dinero que abandona el sistema de fondos para pagar gastos. Con ETF, cada ajuste entre productos es una venta y tributa en el ejercicio.
La elección entreclases de acumulación y de reparto se ve distinta desde este ángulo. Un fondo de reparto distribuye periódicamente una cantidad que decide la gestora, y esa distribución tributa por su importe completo como rendimiento del capital mobiliario. Un fondo de acumulación reinvierte internamente lo que genera su cartera, y el inversor decide cuánto reembolsa, cuándo y con qué parte sujeta a impuestos. El reparto se parece más a una nómina. La acumulación deja la cantidad y el calendario en manos del inversor.
Los costes completan la mecánica, porque se descuentan año tras año del mismo capital que financia el gasto. En una cartera de 750.000 euros, un punto porcentual de diferencia enlas comisiones que se pagan al invertir equivale a 7.500 euros al año. Es una cuarta parte de un gasto de 30.000 euros que sale de la cartera antes de que el inversor retire nada.
Con fondos, lo que llega a la cuenta cada año depende del calendario de reembolsos, del orden en que salen las participaciones, del uso de los traspasos y de los costes, además de la selección de los propios fondos.
Qué rentabilidad necesito para vivir de rentas
La rentabilidad que importa para vivir de rentas esla rentabilidad real, es decir, lo que la cartera gana por encima de la inflación. En 2025, el MSCI World ganó un 6,77 % medido en euros, según MSCI, con una inflación española del 2,9 % en diciembre según el INE. Descontada la subida de precios, la ganancia real fue de un 3,76 %, y todavía faltaba restar los costes y los impuestos. Esa distancia entre lo nominal y lo real define la exigencia de fondo. Retirar cada año el 4 % del capital y conservar su poder adquisitivo requiere una rentabilidad real neta de al menos ese 4 %. Con la inflación de diciembre de 2025, eso equivale a algo más de un 7 % nominal, y a esa cifra hay que sumarle todavía lo que se lleven los costes y los impuestos.
Aun así, conocer la rentabilidad media de una cartera no basta para saber si sostendrá las retiradas. Tomemos dos carteras de 750.000 euros de las que se retiran 30.000 euros al inicio de cada año durante cinco años. Las dos obtienen exactamente las mismas rentabilidades anuales, un −20 %, un −10 %, un +10 %, un +10 % y un +20 %, pero en orden inverso. Sin retiradas, ambas terminarían con 784.080 euros, porque el orden de las rentabilidades no altera el resultado final. Con retiradas, la cartera que empieza con las caídas termina con unos 594.350 euros y la que empieza con las subidas con unos 657.220. La diferencia, de casi 63.000 euros, procede solo del orden en que llegaron los años.
Cuando se retira dinero, las caídas de los primeros años pesan más que las de los últimos, porque obligan a vender más participaciones a precios bajos y esas participaciones ya no están cuando llega la recuperación. Es el riesgo de la secuencia de rentabilidades. Un fondo que cae un 20 % necesita subir un 25 % para volver al punto de partida. Si durante la caída se ha seguido retirando dinero, la subida posterior actúa sobre un capital menor y la recuperación completa exige todavía más. Por eso la regla del 4 % se construyó a partir de los periodos de inicio más desfavorables del histórico estadounidense: la tasa de retirada la fija el peor comienzo posible, no la rentabilidad media del mercado.
La renta fija de corto plazo y la liquidez cumplen en este esquema una función concreta, y es una de las variables que entran enel reparto entre renta fija y renta variable. Sirven de reserva de la que salen los reembolsos mientras la renta variable atraviesa una caída, de modo que no haya que vender acciones en el peor momento. Cuando la renta variable se recupera, esa reserva se repone con traspasos, sin coste fiscal si todo está en fondos. La función tiene un precio: la parte de la cartera dedicada a amortiguar las caídas tiene una rentabilidad esperada menor y también está expuesta a la inflación. El tamaño de esa reserva decide cuánto dura la protección y cuánta rentabilidad se cede a cambio.
El horizonte cambia el peso de todo lo anterior. En cinco años, el orden de las rentabilidades mueve decenas de miles de euros. En treinta años o más, una mala secuencia al principio puede decidir si la cartera llega al final del periodo o se agota antes. La misma rentabilidad media sostiene horizontes muy distintos según el camino que siga.
La rentabilidad para vivir de rentas tiene tres dimensiones: su nivel real frente a la tasa de retirada, el orden en que llega y la estructura de la cartera que decide de dónde sale el dinero en los años malos.
Vivir de rentas se suele plantear como una cifra que alcanzar, pero funciona más bien como un sistema que mantener. Un gasto real que crece con los precios, unos impuestos que dependen de la vía por la que sale el dinero, una tasa de retirada que el propio autor de la regla del 4 % ha revisado y una rentabilidad cuyo orden importa tanto como su media. Una cartera sostiene un nivel de vida cuando el gasto, la fiscalidad de las retiradas y la estructura que protege los años malos se diseñan juntos y se revisan a medida que cambian.
Ese es también el enfoque que aplicamos en Nextep Finance cuando unacartera tiene como objetivo complementar o financiar el gasto del inversor: partir de cuánto necesita realmente, establecer un calendario de retiradas y estructurar la cartera para no depender de vender los mismos activos en cualquier momento del mercado. Más que buscar una cifra universal para vivir de rentas, se trata de calcular cuánto puede sostener cada patrimonio y bajo qué condiciones.
Si quieres saber cuántos años podría sostener tu cartera actual el nivel de gasto que tienes hoy, podemos hacer ese cálculo contigo.
La información compartida en este artículo bajo ningún concepto representa una recomendación de inversión.


