Asesores financieros para autónomos

Cuando un autónomo dice «mi asesor», casi siempre está hablando de la persona que le presenta los trimestrales. La confusión es razonable: durante años esa ha sido la única figura profesional que le miraba los números.

Un asesor financiero mira otra cosa. Empieza donde acaba la gestoría, en el dinero que queda después de Hacienda y de la cuota, y trabaja con una dificultad añadida que el asalariado no tiene: en un autónomo, ese dinero que queda no se sabe con exactitud hasta bastante después de haberlo ganado.

De ahí salen las tres preguntas que se hace cualquiera que llega a esto: qué hace un asesor financiero para un autónomo, cuánto cuesta y cuándo compensa contratarlo. Pero antes de responderlas hay que entender cómo funcionan los ingresos, la liquidez y el patrimonio de quien trabaja por cuenta propia.

¿Cómo gestionar el dinero siendo autónomo?

Un asalariado sabe lo que gana. Le llega neto, después de retención y de cotización, el mismo día de cada mes. Lo que ve en la cuenta es suyo y puede decidir sobre ello.

Un autónomo factura. Y facturar no es ganar.

Del importe de una factura, el IVA repercutido está de paso: se cobra, se guarda y se ingresa cada trimestre. La cuota de la Seguridad Social sale de ahí. Los gastos de la actividad salen de ahí. Y el IRPF se adelanta a plazos durante todo el año, con dos mecanismos distintos según a quién se facture.

Si el autónomo desarrolla una actividad empresarial, un comercio, un taller, una tienda online, sus facturas no llevan retención y presenta el modelo 130 cada trimestre: el 20 % del rendimiento neto acumulado desde el 1 de enero, restando lo pagado en trimestres anteriores. Si es profesional y factura sobre todo a empresas, son sus clientes quienes le retienen en cada factura, el 15 % habitual o el 7 % durante los tres primeros años de actividad. Y cuando al menos el 70 % de sus ingresos del ejercicio anterior llevó retención, la Agencia Tributaria le exime de presentar el 130, algo que hay que comunicar marcando la casilla correspondiente del modelo 036, que desde febrero de 2025 es el único censal en vigor tras la supresión del 037.

Aquí aparece el desajuste que más caja rompe, y que casi nadie ve venir el primer año bueno.

Ese 20 % es un tipo fijo. El IRPF no lo es. Un autónomo que factura sin retención y cierra el año con 48.000 € de rendimiento neto ha ido adelantando el 20 % durante todo el ejercicio, pero una parte de esa renta tributa al 37 %. La diferencia no desaparece: aparece entera, de golpe, en la declaración de junio del año siguiente. Y no se puede corregir pagando más en el 130, porque el porcentaje no es elegible.

El resultado es que un autónomo no conoce su excedente real hasta un año y medio después de haberlo generado. Ese es el punto de partida de cualquier conversación seria sobre su dinero, y es la razón por la que las recetas de ahorro pensadas para nóminas, aportar una cantidad fija todos los meses y olvidarse, encajan mal en su caso.

¿Cuánto dinero debe reservar un autónomo antes de invertir?

Desde 2023, lo que un autónomo paga a la Seguridad Social depende de lo que gana. El sistema lo encuadra en uno de quince tramos según su previsión de rendimientos netos, dentro del tramo elige una base de cotización, y de esa base sale la cuota mensual. Para 2026 los tramos y las bases se han prorrogado tal como estaban en 2025, con una salvedad: el Mecanismo de Equidad Intergeneracional sube una décima, hasta el 0,9 % de la base, así que la cuota efectiva queda unos euros por encima de la del año anterior.

La tabla importa menos que el calendario.

La previsión se hace sobre ingresos que todavía no existen. Se puede corregir, hasta seis veces al año, a través del portal Import@ss. Pero la comprobación llega a año vencido: la Agencia Tributaria traslada a la Seguridad Social los rendimientos netos reales del ejercicio anterior y el sistema regulariza. Quien cotizó por debajo de lo que le tocaba abona la diferencia. Quien cotizó por encima la recupera.

Junte esto con lo del apartado anterior y aparece el patrón completo: un autónomo tiene dos liquidaciones que aterrizan con retraso, la de IRPF en la declaración de junio y la de cotización en la regularización posterior. Las dos miran a un año que ya ha cerrado. Y en un ejercicio que ha ido bien, las dos apuntan en la misma dirección, la de pagar más.

Esa es la razón práctica por la que el dinero que un autónomo ve en la cuenta el 31 de diciembre no es todo suyo. Una parte está comprometida con dos facturas que todavía no se han emitido.

Cualquier trabajo sobre su patrimonio empieza por saber cuánto pesa esa parte. Hacerlo al revés, invertir primero y descubrir después el agujero, obliga a deshacer aportaciones en el peor momento, que suele ser justo cuando hay que sacar el dinero.

Cómo separar las finanzas personales de las del negocio

Un asalariado tiene dos cosas separadas: un empleo y unos ahorros. Si el empleo se acaba, los ahorros siguen donde estaban.

En un autónomo esa separación es mucho más borrosa, porque su actividad es su activo principal. Y es un activo con características incómodas: no cotiza, no se puede vender por partes, no reparte nada de forma regular y en muchos casos deja de valer el día que la persona que lo sostiene se para. Una consultora de una sola persona vale exactamente lo que valga esa persona en activo.

De ahí salen tres cosas que condicionan todo lo demás.

La primera tiene que ver con la correlación. Los ingresos de un autónomo dependen de un sector, a menudo de una plaza y a veces de dos o tres clientes. Cuando ese sector se enfría, se enfría la facturación. Si además el ahorro está colocado en el mismo terreno del que se vive, ambas cosas se mueven en la misma dirección y al mismo tiempo, que es justo cuando peor viene. Esa coincidencia entre lo que se tiene en cartera y lo que ya se soporta fuera de ella es la que describimos en diversificar las inversiones de forma correcta.

La segunda tiene que ver con la liquidez. No hay nómina el día 30 ni indemnización si la actividad se termina. La cobertura por cese de actividad existe, con sus requisitos, y funciona de otra manera. El colchón de un autónomo hace por tanto un trabajo más grande que el de un asalariado, y suele vivir en la misma cuenta de la que salen los pagos del negocio, así que es fácil que la actividad se lo vaya comiendo sin que nadie haya tomado esa decisión.

La tercera tiene que ver con el destino del excedente. El negocio absorbe capital: material, stock, formación, un local, contratar a alguien. Cada euro que va ahí es un euro que no va a la cartera, y al revés. Es una decisión de asignación tan real como cualquier otra, aunque casi nunca se plantea así porque no pasa por ningún contrato ni por ninguna entidad.

Un asesor financiero trabaja sobre estas tres a la vez, porque por separado no dicen gran cosa. La liquidez que necesita un autónomo depende de lo irregular que sea su facturación; lo que pueda ir a la cartera depende de lo que se quede el negocio; y el peso que ya tiene su sector en su vida depende de a qué se dedique.

Todo esto se queda en el lado del particular. Si la actividad está en una sociedad, la conversación cambia y entran otros profesionales, pero el patrimonio personal que hay detrás sigue funcionando con las mismas tres variables.

¿Qué hace un asesor financiero para autónomos?

En España, el asesoramiento en materia de inversión es un servicio reservado desde 2008. Solo pueden prestarlo entidades autorizadas y registradas en la CNMV: empresas de asesoramiento financiero (EAF y EAFN), agencias y sociedades de valores, gestoras y bancos, además de entidades autorizadas en otro país de la Unión Europea que operen aquí. La diferencia entre una EAF y una EAFN está en el ámbito, porque la EAFN trabaja solo en territorio nacional. Comprobar el registro y el número de inscripción es gratis y se hace en la web de la CNMV en un minuto. Las distintas figuras que se presentan como asesores, y lo que puede hacer cada una, las separamos en qué es un asesor financiero.

Que sea un servicio regulado tiene una consecuencia concreta para un autónomo, y es más interesante de lo que parece.

Antes de emitir cualquier recomendación, la entidad está obligada a hacer un test de idoneidad. La propia CNMV detalla qué tiene que recoger ese test, y en la lista aparecen la situación laboral, la fuente y el nivel de ingresos regulares, los gastos y pagos periódicos y las necesidades de liquidez. Es decir, todo lo de los dos apartados anteriores de este artículo no es contexto que el autónomo aporte si le apetece: es material obligatorio del expediente. Y la recomendación tiene que presentarse como idónea para esa situación concreta, explicando por escrito por qué encaja con ella.

Ahí está la diferencia de fondo con lo que ocurre en una oficina bancaria. Cuando una entidad se limita a colocar su propio producto, lo que la ley le exige es un test de conveniencia, mucho más liviano, que solo mira si el cliente entiende lo que compra, y que además únicamente resulta obligatorio cuando el producto es complejo.

En la práctica, con un autónomo, el trabajo se ordena así:

  • Dimensionar el colchón antes que la cartera. Cuánta liquidez inmovilizada necesita esta actividad concreta para aguantar un trimestre malo, una regularización y un cliente que se va.
  • Separar el excedente real del aparente, con las dos liquidaciones pendientes ya descontadas.
  • Diseñar la cartera en función del horizonte de cada objetivo y de lo irregular que sea la facturación.
  • Revisar y ajustar cuando el negocio cambia, que en un autónomo pasa más veces que en un asalariado.
  • Acompañar en las caídas, que es la parte menos vistosa del servicio y la que más dinero salva, porque el error más caro casi nunca es elegir mal, es vender en marzo lo que se compró en enero.

Y este es el límite, que conviene tener claro antes de contratar nada. Un asesor financiero no lleva la contabilidad ni presenta los modelos trimestrales, ese trabajo es de la gestoría o del asesor fiscal. No decide la forma jurídica de la actividad ni gestiona la tesorería del negocio. No ejecuta órdenes por su cuenta ni custodia el dinero, que se queda en la entidad donde ya está, salvo que se contrate un servicio distinto, la gestión discrecional de carteras, en el que las decisiones y la ejecución se delegan. Y no garantiza rentabilidad ninguna.

De ahí sale la respuesta a cuándo compensa pagar por esto. Cuando hay un excedente que se repite año tras año y decisiones que hay que tomar más de una vez. Si toda la dificultad está en cuadrar la caja del trimestre, el profesional que hace falta es otro.

¿Cuánto cuesta un asesor financiero para autónomos?

Hay dos formas de pagar por asesoramiento financiero. Una se ve y la otra no.

La que se ve son los honorarios: una cuota fija, un porcentaje sobre el patrimonio asesorado o un precio por proyecto, facturados directamente al cliente.

La que no se ve son las retrocesiones. Cuando alguien invierte en un fondo, paga una comisión de gestión que se descuenta a diario del valor liquidativo. Una parte de esa comisión la devuelve la gestora a la entidad que colocó el producto. Ese retorno es la retrocesión, y sale del bolsillo del partícipe aunque no aparezca como cargo en ningún extracto. El coste existe siempre. Lo que cambia entre un modelo y otro es si se ve o si va dentro del precio del producto.

Desde 2018, MiFID II obliga a toda entidad que preste asesoramiento a decir de antemano y por escrito si ese asesoramiento es independiente o no independiente. Una misma entidad puede prestar los dos servicios, siempre que los mantenga separados, así que la etiqueta se comprueba en el contrato y en la documentación previa, no en el rótulo de la casa.

  • La entidad independiente tiene prohibido quedarse incentivos de terceros. Si los recibe, debe reintegrarlos íntegramente al cliente. Además está obligada a evaluar una gama amplia y diversa de instrumentos de varios emisores, no solo los de su casa. Su único ingreso es lo que le cobra al cliente.
  • La entidad no independiente sí puede percibir esos incentivos, siempre que estén justificados por una mejora en la calidad del servicio y que informe al cliente del desglose de todos los costes.

La misma prohibición se aplica a la gestión discrecional de carteras. Los criterios completos que definen esta figura están en qué es un asesor financiero independiente.

De ahí salen las clases limpias, que son las clases de un mismo fondo que no llevan retrocesión incorporada y que por eso tienen una comisión de gestión más baja. Son las que puede utilizar quien no cobra del producto.

Para valorar cualquier propuesta, lo que importa es el coste total, y son tres partidas: la comisión del producto, los honorarios del asesor y la custodia de la entidad donde estén los fondos. Un modelo con honorarios visibles engorda la factura del asesor, que es la partida que se ve, y suele adelgazar la comisión del producto, porque permite usar clases sin retrocesión. Sumar las tres es la única comparación que dice algo.

Y hay un detalle que le afecta de lleno a un autónomo. Un porcentaje sobre patrimonio es un coste que se mueve con el mercado; una cuota fija es un coste que se puede meter en una previsión anual junto a la cuota de la Seguridad Social y al seguro de responsabilidad civil. Cuando los ingresos ya son irregulares por naturaleza, saber de antemano lo que cuesta el servicio tiene un valor propio que no está en la comparación de precios.

¿Cuándo compensa contratar un asesor financiero siendo autónomo?

Un autónomo dedica horas a que las cuentas del negocio cuadren y, con frecuencia, ninguna a las suyas. La razón es comprensible: el negocio manda, la gestoría cubre lo obligatorio y el resto puede esperar. Pero ese resto tiene sus propias fechas de vencimiento, y la mayoría son silenciosas. El dinero parado años en una cuenta corriente pierde poder adquisitivo sin que nadie avise, las comisiones de un producto contratado en su día se cobran todos los ejercicios sin que aparezcan en ningún recibo, y la concentración entre el negocio del que se vive y el ahorro solo se hace visible el año en que las dos cosas van mal a la vez. Ninguna de esas decisiones exige mucho tiempo, exige mirarlas una vez con criterio y volver a revisarlas de tanto en tanto.

La planificación financiera de un autónomo no consiste únicamente en decidir dónde invertir. Antes hay que separar la liquidez que necesita la actividad, prever impuestos y cotizaciones pendientes y determinar qué parte del patrimonio puede destinarse realmente al largo plazo. A partir de ahí, una cartera de fondos o ETF puede diseñarse teniendo en cuenta tanto los objetivos personales como la irregularidad de los ingresos y los riesgos que ya concentra el propio negocio. En Nextep Finance abordamos el asesoramiento desde esta visión conjunta del patrimonio, revisando la situación de partida y construyendo una estrategia adaptada a cada caso.

La información compartida en este artículo bajo ningún concepto representa una recomendación de inversión.